HEBRÓN

El Aborto: La Iglesia, la sociedad y yo

El jueves 23 de febrero, la organización Women on Waves colocó un barco en aguas internacionales frente a las costas de mi país, Guatemala, este arribo (y su reciente partida) generó que se encendiera el ambiente ya tenso y pudiéramos ver que los “pro-choice” dejaron de ser una minoría. Se desató polémica en las redes sociales, argumentos e insultos iban y venían, organizaciones pro-aborto y diarios liberales declararon “Su barco no es el barco de la muerte, para muchas mujeres es el barco de la esperanza.” llamaban a las mujeres, especialmente, a solicitar una cita y llegar por lancha al barco para la realización de lo que denominan un “aborto seguro”, incluso el ejército intervino para garantizar el cumplimiento de la Constitución de la República, que aún (y Dios mediante siga así largo tiempo) protege la vida desde la concepción.

En una comunidad global y postmoderna como la nuestra, donde la tolerancia es la prioridad, la corrección política es su ley y la verdad el traste anticuado de la esquina, como cristianos muchas veces nos preguntamos ¿Por qué meternos en una lucha sin descanso, una lucha ya perdida en muchos países? Pues es ya conocido que la despenalización del aborto es un hecho en gran parte del mundo, incluso en el hemisferio occidental con su cultura tradicionalmente “cristiana” muchos países no solo optan por quitar las penas al aborto y garantizar la “libertad para escoger” sino además la incentivan mediante mecanismos gubernativos e inyectan grandes sumas de dinero a esta moderna metodología planificación familiar.

Permíteme entonces, en primer lugar, realizar una defensa de la causa fundamental para que un cristiano vaya a la lucha en este tema. No es un artículo exhaustivo, tampoco espero ser dogmático ni extenso, porque no tengo la preparación teológica para hacerlo, aún así, con la ayuda de Dios abordaré 3 principios en base a los cuales un cristiano laico convertido tiene razones para levantarse y actuar en esta era de confusión.

Primero: Dios es el Señor de la vida

Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. te alabaré; porque formidables, maravillosas son Tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en Tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas. Salmos 139:13-16

Dios es Creador, y su obra como Sustentador de lo que existe continúa el día de hoy. Aun cuando medie el proceso natural intrauterino y observemos un complejo ciclo biológico y mecánico, detrás de esas causas secundarias, Dios actúa y cada pequeño ser que se gesta,  incluso aquellos que son abortados, forman parte de su Providencia. Sin importar las contingencias secundarias, como si fue un bebé planificado o no planificado, un niño sano o enfermo, concebido con amor o con dolor, hijo de cristianos o de perdidos, ese niño fue conocido por Dios en la eternidad pasada y todos sus días escritos.

Al venir a este mundo, nosotros los hijos de Adán arrastramos una pena desde nuestra concepción. En el vientre se concibe un niño, un ser humano, un pecador, y si consideramos que Dios considera que “la paga del pecado es muerte”, el hecho que un niño se geste y no pierda la vida instantáneamente es un acto de misericordia de Dios. ¿Quiénes somos nosotros, los seres humanos pecadores, para tomar el lugar del Dios Santo y enviar a la muerte al niño en gestación? ¿Somos acaso mejores que Dios para juzgar a un niño digno de muerte?  Por lo tanto cada uno de esos pequeños reciben de la Gracia de Dios desde el vientre y aún antes de su concepción, esa Gracia que es común a todos los seres humanos, el don de la vida.

Segundo: Dios es defensor de los débiles

Padre de huérfanos y defensor de viudas  es Dios en su santa morada. Dios hace habitar en familia a los desamparados; saca a los cautivos a prosperidad; mas los rebeldes habitan en tierra seca. Salmos 68:5-6

Existe un lugar especial en el corazón de Dios para los débiles y los frágiles, aquellos que no pueden valerse por sí mismos, llámense viudas, migrantes, enfermos, huérfanos, víctimas de violación, enfermos, solitarios o esclavos. Todos aquellos que entren en el marco de completamente indefensos, totalmente dependientes, ciertamente vulnerables, escasamente defendidos y corporativamente destinado al olvido, ellos son objeto especial del llamamiento de Dios. Sí, en esa categoría caen también los niños, y también aquellos que no han nacido.

Y no solamente Dios tiene ese lugar en su corazón para los oprimidos, también nos llama a nosotros como Iglesia a ese mismo cuidado de los desposeídos y que no tienen vigor para defenderse por sí mismos.

Abre tu boca por el mudo en el juicio de todos los desvalidos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso. Proverbios 31:8-9

Debemos levantarnos y asegurar justicia para los que no tienen voz, para los indefensos y no sólo las potenciales víctimas del aborto. Pidamos clemencia por las vidas que serán quitadas, la vida del niño, la vida de la madre, la del abortista y finalmente la vida de la sociedad. Quiera Dios levantar para su gloria centenares de personas dispuestas a desgastar y perder su imagen pública para cumplir con hacer justicia para los grupos en necesidad.

Tercero: Dios es Redentor de los pecadores

Si queremos que nuestro mensaje no sea sólo reactivo debemos de permear las bases de la sociedad con el mensaje del Evangelio, un mensaje de esperanza, un llamado al arrepentimiento. No condenando al infierno, ni maldiciendo, no con insultos, ni tampoco a través de la violencia contra los “pro-choice” (como tristemente ha llegado a suceder en casos en los Estados Unidos o Canadá).

Los cristianos no debiéramos basarnos en consignas de “no al aborto y sí a la vida”, este mensaje reactivo es necesario ante la amenaza presente, pero la única forma certera de evitar que el aborto siga siendo una “posibilidad”, un “derecho” y una “elección” es llenar nuestras naciones del mensaje de Jesús, del perdón de pecados y la Vida Eterna por su sacrificio, y de una nueva vida por su resurrección.

Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve. Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios. Isaías 43:10-12

CONCLUSIÓN

La Santidad de Dios, y no lo valioso de la vida humana debe ser nuestro primer mensaje, ante la vida, y ante la disyuntiva del aborto. Este mensaje exclusivo del Evangelio de que “no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en quien podamos ser salvos”, solamente Jesús, será nuestra consigna. Piedra de tropiezo para otros líderes humanistas “pro-vida” y locura para el pensador moderno, pero para los cristianos será poder y vida de Dios, y un medio para exaltar y proclamar a Dios, el dador de la vida, el defensor de los débiles y el redentor de los pecadores; pero si cedemos, si seguimos elevando la santidad de la vida por encima de la Santidad de Dios, fracasaremos miserablemente como cristianos, desviando la atención de Aquel que verdaderamente importa, desviaremos la mirada del Creador y veremos a la criatura y si llegamos a ese punto hemos perdido la esencia del cristianismo.

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