HEBRÓN

La madre, el niño y el médico

Una madre soltera de 24 años, lleva a su hijo a urgencias porque inició con diarrea el día anterior. Hasta este momento su única preocupación es que su niño no ha comido, sin embargo, cuando el médico ve al niño, su color, su falta de respuesta y su forma de respirar, se alarma, lo arrebata de las manos de la madre y le dice que espera afuera, mientras llama a dos médicos más.

Una hora más tarde el médico sale y le explica que la circulación del niño está colapsada, los riñones fallan por culpa de la deshidratación, no puede respirar adecuadamente y necesita respiración artificial: se encuentra en estado de choque… atónita ella dice: “¡pero si estaba bien! Lo único que tenía era diarrea”. Déjame, a partir de esta historia, describir 3 síntomas para el estado de esta mujer y dar una aplicación a nuestra vida.

Síntoma #1: Una ignorancia fundamental:

Fácilmente podrás ver que el problema, en el escenario anterior la pobre madre no estaba consciente que su hijo estaba verdaderamente grave, incluso a un paso de la muerte, lo que el médico supo 5 segundos después de verlo, ella simple e increíblemente ¡no lo sabía!

Así como la mujer de este relato, tenemos una ignorancia fundamental de nuestra condición espiritual caída, y es que desconocemos por naturaleza quién es Dios, lo que hace, lo que desea y lo que demanda de nosotros.

Como está escrito: no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Romanos 3:10-11

Síntoma #2: La dureza de corazón, el mediador.

De la historia, olvidé contarte algo, un pequeño detalle, la madre del niño no es una persona sin educación, de hecho, está en su último año de la carrera de medicina, y muy confiada pensó que las situaciones graves podrían pasarle a otras personas, pero no a ella y su niño. Y es  que, aunque en un sentido nacemos ignorantes de nuestra condición, por otro lado percibimos dentro nuestro que algo anda mal, el mismo Pablo nos dice que llevamos en nuestro ser una militancia activa y rebelde ante todo lo que Dios desea de nosotros.

teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; Efesios 4:18

En este pasaje muestra una correlación entre la ignorancia y la dureza de nuestro propio corazón, somos responsables de ahondar más y más en la ignorancia porque cerramos nuestro corazón a la verdad de Dios y levantamos muros para no ver lo que está frente a nuestros ojos.

Síntoma #3: El autoengaño: el fin del círculo vicioso.

Tristemente, Pablo no fue el único que pudo ver la gran maldad del corazón humano y su enfermedad mortal, el salmista, varios siglos antes describe un síntoma más:

La iniquidad del impío me dice al corazón: No hay temor de Dios delante de sus ojos. Se lisonjea, por tanto, en sus propios ojos, De que su iniquidad no será hallada y aborrecida. Salmos 36:1-2

El hombre es un especialista del autoengaño a fin de justificarse y excusarse por sus actos, de los cuales no sólo no se avergüenza, sino en un acto de arrogancia se siente satisfecho. Pablo nos habla de esta naturaleza del hombre

No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. Gálatas 6:7-8

Cuantas veces queremos cerrar nuestros ojos a la realidad que Dios es un juez justo y nos engañamos creyendo que nuestros actos no tendrán ninguna repercusión en el destino eterno de nuestra alma.

El Diagnóstico:

Hasta aquí, aunque la parábola de la madre, la niño y el médico, nos ha resultado útil, debo decir que La Biblia, la Palabra de Dios, no describe nuestro estado espiritual como el de una mera enfermedad, por grave que esta sea. No. Lo lleva a otro nivel. Estamos muertos. Así lo dice el apóstol Pablo:

Y Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados. Efesios 2:1

En su estado natural, el hombre está muerto a las cosas de Dios, en verdad, no buscamos a Dios, no al menos como debiéramos, de hecho aunque quisiéramos hacerlo nos quedaríamos tan miserablemente cortos que no podríamos ni hacer lo que Dios desea y mucho menos resultar agradables para El.

Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Romanos 8:7-8

 El tratamiento:

Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados. Isaías 43:25

Existe una esperanza, Dios condenó ya el pecado en el sacrificio de su Hijo para que aquellos que confían en El tengan vida, a los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu dice Pablo. ¿Pero qué es eso de andar en el Espíritu? ¿Cómo se consigue? Dejemos que Jesús mismo lo conteste:

Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. Juan 3:6-7

El Nuevo nacimiento es un tema relevante en los evangelios, aunque es Juan quien nos aclara en una de sus cartas, cuál es el catalizador del nuevo nacimiento.

Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. 1 Juan 5:4

 Y Pablo nos explica más:

Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Efesios 2:8-9

Oro para que puedas creer en tu corazón estas verdades, quizá digas, no tengo suficiente fe, pero aún una fe del tamaño de una semilla de mostaza bastará, si la pones en las manos de Jesús. Pido al Señor tenga misericordia de Ti y te permita ver, todas las riquezas de su gracia, su amor y su bondad para Ti que se hallan en Cristo Jesús. Reconócelo como tu Señor y Salvador y tendrás vida plena y Eterna.

“Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará.”

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