HEBRÓN

Los peligros de no congregarte

Cada vez que me he alejado de la iglesia compruebo los peligros de no congregarte, me ha ido mal. Al principio, sientes que hace falta congregarte, pero a medida pasa el tiempo, te vas acomodando, hasta que finalmente la necesidad ya no es la misma, las prioridades cambiaron y te enfriaste sin darte cuenta.

Lo he visto en mi propia vida y también en la vida de muchas personas. Usualmente, hemos vuelto después de una dosis fuerte de dolor o una prueba muy grande, cuando ya no hay fuerzas. He aprendido que Dios, por el amor que nos tiene, permite ese tipo de cosas para traernos de nuevo.

Comparto con ustedes, los que considero son los peligros más grandes a los que nos exponemos cuando no nos congregamos:

  1. Malnutrición.

La vida dentro de una congregación es parte esencial para el cristiano. Aunque tu tiempo a solas y a diario con el Señor es la prioridad máxima, no experimentarás un crecimiento mayor sin congregarte. Te alimentas al escuchar sermones doctrinalmente correctos, creces por medio de la intercesión en comunidad y desarrollas tus dones y tu llamado al involucrarte en un ministerio. Cuando no asistes a una iglesia, no te nutres de todo lo que necesitas en tu ‘dieta espiritual’.

  1. Vulnerabilidad al pecado.

Obviamente, el hecho único de asistir a una iglesia no nos hace inmunes al pecado. Sin embargo, cuando somos irregulares en hacerlo, nuestra vulnerabilidad incrementa. ¿Cómo vas a obtener fortaleza para decir que no a una tentación? ¿Con quién vas a hablar si estás luchando? ¿Quién va a interceder por ti si no pides ayuda? ¿Cómo vas a conocer la gracia de ser restaurado?

“Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz” (Santiago 5:16)

  1. No Ejercitar la Humildad.

Cuando perteneces a una congregación, te expones a ser confrontado con la Palabra cuando lo necesites, te expones a rendir cuentas a otro cristiano, te expones a un montón de gente imperfecta a la que aprendes a aceptar, de la misma manera que te aceptan a ti. Pero cuando decidimos alejarnos de la iglesia, andamos por la vida sin vernos a un espejo que nos muestre nuestra condición espiritual. Corremos el riesgo de volvernos tan egocéntricos que solo nos miremos a nosotros mismos y creamos que no estamos tan mal. 

“El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre” (Proverbios 27:17)

  1. Luchar En Solitario.

No puedo recordar una prueba en mi vida en la que mis hermanos de la iglesia no estuvieran conmigo. Quizás no soy tan objetiva, pues he estado en la misma congregación desde que era una niña y para mí no hay iglesia que la supere. Pero sé que hay muchísimas iglesias así, llenas de gente que te acompaña en los momentos de prueba. 

Lo he dicho muchas veces, el cristiano no puede ser un ermitaño. Dios no diseñó la vida cristiana de esa manera. Él nos hizo seres sociales con necesidad de compañía. Por eso, te pierdes de mucho cuando no compartes tus luchas. Tu carga pudiera ser más liviana al compartirla con compañeros en la fe. 

“Qué bueno y qué agradable es cuando el pueblo de Dios se reúne en armonía” (Salmos 133:1)

Si este año has estado fuera de la iglesia o siendo un asistente irregular, te animo a hacer un compromiso con Dios e involucrarte. Lamentablemente, no podremos crecer ni dar fruto permanente si no estamos conectados a un tronco que nos nutra. Ya no lo pospongas, es demasiado arriesgado que sigas pretendiendo vivir como cristiano sin tener la cobertura de una iglesia.

“No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca” (Hebreos 10:25)

 

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