HEBRÓN

Morir con y por Cristo

—Palabra fiel es esta:

“Si somos muertos con Él, también viviremos con Él; Si sufrimos, también reinaremos con Él; Si le negáremos, Él también nos negará”.  –2 Timoteo 2:11-12

El Cristianismo real comienza con una invitación al arrepentimiento, esto es el morir a uno mismo y renacer en Cristo a una nueva vida, una vida que Él comienza a crear en nosotros. El vivir para Cristo también conlleva a una vida de sufrimiento es decir no nos excluye de pasar circunstancias tormentosas y dolorosas aunque muchos hoy las quisiéramos evitar pero en el verdadero converso estas son como el fuego que moldea al oro hasta que Cristo sea formado.

Cuando vemos la vida de los Apóstoles y la comparamos con nuestras vidas muchas veces nos preguntamos qué hubo en ellos para cargar con tal responsabilidad y negarse a tal punto de entregar sus vidas por aquello en lo que creían, ¿y qué es aquello que creían?, al ir en un recorrido por sus vidas, desde sus inicios nos encontramos con algo en común y es que: cada uno de los Apóstoles tuvieron un acercamiento a Jesucristo, y a quienes los Apóstoles predicaban les señalaban de Cristo, sí tenemos la Palabra de Él con nosotros y cada enseñanza de Cristo como guía, nuestro manual de vida.

Cuando llegamos a experimentar tal cercanía con la verdad transformadora del Evangelio; de que Cristo es Dios y que en Él hay vida y aún más, vida eterna, es entonces que nuestra perspectiva de vida cambia de manera radical, tanto así que nuestra mente y corazón anhelan lo eterno, llegando todo a perder valor y aún nuestra propia vida, teniendo la certeza de que si llegásemos a morir viendo la Gloria de Dios como Esteban el primer mártir (ver.Hechos 7:55-60) o como el Apóstol Pablo solo diríamos que nos espera una corona incorruptible de Gloria (ver.2 Timoteo 4:7).

“Sí no tememos morir a nuestros deseos es porque hemos ido siendo transformados a la imagen de Cristo, cuya consecuencia nos permitirá aún dar nuestra vida por tamaña Verdad”.

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